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Cobijada por la oscuridad, una tortuga verde adulta deposita docenas de huevos, que parecen pelotas de ping pong cubiertas de cuero, en un nido recién excavado. Al terminar con la maratónica tarea de “dar a luz”, le nacen lágrimas que le limpia la arena de sus ojos, y quizás, también sirven de despedida de sus hijos. La parsimoniosa mamá comienza a cubrir el hoyo y lleva su enorme cuerpo de 700 kilos de regreso al mar. Deja detrás sus profundas huellas como las marcas de un tractor que abre surcos en el campo.
Avanzo en una lancha a motor por un laberinto de canales sitiados en los exóticos manglares del Parque Nacional de Tortuguero, “La Venecia del Caribe”, acurrucadita en la costa noreste de Costa Rica, donde existe un sitio importante para el desove de las tortugas baula y verde, dos especies actualmente en peligro de extinción. La intriga de estas criaturas nobles me impulsa a conocerlas y me hace sentir como un antiguo explorador de la selva o un osado investigador de la naturaleza.
El paisaje se vuelve una maravillosa alfombra tropical y me seduce al mostrarme su sorprendente profusión de flora y fauna. Mis sentidos absorben la belleza con dificultad: la fiera quietud de varios caimanes bañándose de sol, un perezoso torpe pero simpático, el concierto de voces alborotadoras de unos monos aulladores, y el revolotear incansable de pájaros grandes o pequeños, mustios o coloridos.
Al llegar al albergue, unas nubes grises raptan al sol, y de repente producen una lluvia torrencial breve pero tremenda. Cuando vuelve la calma, comenzamos una excursión a una playa cercana, y tras una corta caminata, atestiguamos el hallazgo de un nido de pequeñas tortugas. ¡La naturaleza en su máximo esplendor! El espectáculo presenta cerca de 100 tortugas diminutas corriendo hacia el mar guiadas sólo por sus instintos, y me siento privilegiado al observar como las crías luchan denodadamente por sobrevivir a pesar de la ausencia de sus progenitores y la amenazante cercanía de sus enemigos.
Es emocionante y quiero quedarme por horas, pero mi guía – cuidadoso y muy esmerado – me dice que ya es tarde, y que lo mejor es dormir. Me vence el cansancio. El canto o cacofonía de un sinfín de seres desconocidos me relaja y me tranquiliza. Duermo en paz, a pesar del acecho de criaturas anónimas que olfatean y rasguñan inquisitivamente la puerta de mi cabaña. Seguro buscan comida o, quizás, sólo sienten curiosidad ante el visitante que irrumpe en sus dominios.
Amanece, y se renuevan mis ganas de explorar. Una canoa es mi cómplice en el recorrido por los canales pantanosos. Un fuerte olor a humedad, una sinfonía de habitantes ocultos en los árboles, las tupidas palmas reales y las nutrias que navegan entre raíces enormes, tornan en fascinante mi travesía en uno de los últimos bosques con estas características que existen fuera de la región Amazónica.
Y la aventura continúa con tucanes coloridos que vuelan alto, garcetas y estilizadas garzas reales que parecen posar para las fotos y también pájaros serpientes parapetados en corpulentas raíces, que esperan inmóviles a sus futuras víctimas. Mientras la canoa se desliza discretamente sobre las aguas tranquilas, la súbita aparición de los ruidosos monos tití, que acrobáticamente saltan de rama en rama y el rugido poderoso de un aullador distante, rompen la calma y el sosiego del bosque.
Aunque no es obvio durante mi visita, me doy cuenta que debido a la deforestación en áreas cercanas, muchos animales buscan refugio en el parque, originando una densidad incómoda. Actualmente, Tortuguero tiene una gran concentración de jaguares, por mencionar sólo un ejemplo. Otro efecto de la deforestación es el arraigamiento en las orillas oceánicas de especies de plantas transportadas por las vías fluviales, las cuales interfieren con las áreas de anidación de las tortugas, impidiendo su máxima reproducción.
Estas playas alineadas de palmeras y los 35 kilómetros de canales bordeados de manglares que forman el parque, componen una auténtica “mina de oro”. Siendo el lugar más grande y de mejores condiciones para la conservación y animación de tortugas marinas, el auge del turismo en esta región, que comenzó a finales de la década del 80’, ahora genera ingresos de 6 millones 700 mil dólares anualmente. Las organizaciones ambientalistas que trabajan en la zona, buscan el desarrollo de un turismo sostenible en el área, y siguen en la lucha contra la caza ilegal (se consume su carne y sus huevos). Llevan el mensaje claro, “las tortugas valen mucho más vivas que muertas,” y ciertamente, está comprobado que los esfuerzos para preservar esta valiosa especie también impulsa la economía de las comunidades costeras.
Quizás, con estos nobles trabajos en marcha, las tortugas (una especie más antigua que los dinosaurios) continuarán llegando año tras año a la misma playa donde nacieron, para desovar y perpetuar su existencia.
Por Richard McColl
Fotos por Dale Morris
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